Al Unísono

31.05.2020

Ese día se me hizo tarde. Ya había oscurecido. Entonces, intenté cruzar el salón de los espejos para llegar más pronto a casa. En cuanto estuve en la entrada posterior, escuché sus respiraciones agitadas. Sin pensarlo, abrí muy, pero muy poco la puerta. Me quedé observando. No los veía directamente, mas sí su reflejo. 

Por un segundo, pensé que era malo quedarme ahí oculta, mirando. Pero luego, me cautivó lo que presenciaba. Jamás había visto que dos personas se amaran de esa manera, mis vellos se erizaron y sentí cómo mi boca, entreabierta, se humedecía un tanto más de lo habitual.

Él la envolvía con suavidad entre sus brazos mientras enganchaban sus pelvis. Ambos estaban enredados en un manto de placer que solo existe cuando los cuerpos alcanzan la temperatura ideal para fusionarse al unísono.

Me sorprendía la facilidad con que ella tomaba su pie y alzaba su pierna, estirándola con delicadeza, para luego arquear su columna abruptamente hacia atrás y dejar caer sus rulos, largos y claros, hasta casi tocar la superficie.

A veces, sus movimientos se precipitaban y se hacían algo violentos, pero sus caras irradiaban satisfacción. Ella sonreía, mostrando con sutileza los dientes, alargaba su cuello, entregándolo para ser objeto de contemplación y deleite. Él le acercaba su boca; mas pronto, lo evadía, aproximándose mejor a sus labios, sin llegar a tocarlos. Cuando se aproximaban, el tiempo iba más despacio.

Sincronizadas, sus piernas se enlazaban en desplazamientos cadenciosos de variable velocidad, ascendentes y descendentes. Me parecía que encarnaban las esculturas de Rodin, pasando de una postura a otra. Iban y venían, recorrían y hacían suyo el lugar. Sus resuellos jadeantes, en cada soplo de energía, atravesaban la sala hacia mí. 

De pronto se detuvieron. Él la tomó, la extendió en el suelo y sobre ella depositó todo su peso; no hubo señal alguna de que les incomodara. En ese momento de tranquilidad, pude notar que sus clavículas se marcaban en cada inhalación que exigía ser profunda y que ambos sudaban a mares, pues las gotas en su piel producían pequeños destellos a causa de una de las luces que parpadeaba en mal estado.

Ella ajustó sus brazos entrelazados a la cadera robusta de su compañero y los desenvolvió hasta que pudo empujarlo y deslizarse junto a él dando vueltas sobre el tapiz. Luego se elevaron rápidamente, como eyectados del suelo. Les era más fácil volar que mantenerse en tierra firme. Giraban sostenidos de la cintura; entraban y salían con liviandad del piso, una y otra vez; eran un trío en el que la gravedad no encajaba.

A esa altura, me sentía ella. Era yo a quien él amaba. Todo era perfecto. Entonces, el maestro que estaba en un punto ciego para mí les gritó con autoridad:

―¡No, Denís! En el último salto, ambos pies deben volver simultáneamente del demi-plié a la quinta posición, no a la segunda. ¡Vamos! ¡Desde arriba, otra vez!

Esa era mi oportunidad para atravesar el salón, pero avergonzada de mis emociones, cerré la puerta y tomé el camino largo.

Por Estefanía Hernández 

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