Capítulo I
Llegamos a destino. Era un día soleado, y todo apuntaba a que sería una jornada increíble.
Antes de recorrer la playa, nos detuvimos a comer en un restorán ubicado en plena costanera. Desde allí podíamos observar a los surfistas que dominaban las más altas olas. Todos hablaban de eso; muchos criticaban la técnica de aquellos deportistas, pero me atrevería a apostar que ninguno de los que se llenaban la boca podría hacerlo tan bien como alguno de esos chicos.
A mí me parecía que esta vez no ganaría las olimpiadas. Hacía dos años que no tomaba una tabla de surf. Ver cómo practicaban y se esforzaban aquellos niños me hacía sentir un poco inseguro. Al menos estaba nuevamente en las que yo consideraba mis tierras, rodeado de la gente que quiero y que me aprecia.
Debo confesar que no estaba motivado por el premio; simplemente había venido para disfrutar y compartir con mis amigos. A pesar de mi falta de entusiasmo, insistieron en que compitiera, y yo acepté para que no hablaran más del tema.
¿Realmente querían abrir esa caja de pandora en la que se había encerrado mi ser? De seguro no sabían el daño que me provocaban. Quizá ni siquiera se imaginaban lo que significaba para mí volver a intentarlo.
–¡Esta vez no escaparás de tu destino! –dijo Elías, llevándose un loco a la boca.
Yo solo sonreía ante todo lo que presenciaba; sin embargo, algo más allá del horizonte tenía toda mi atención. Ahí estaba Angélica, quien había estado a unos diez puntos de ganarme la última vez que pude competir. Eso no importaba en absoluto; lo que sí importaba era ella. Me hacía sentir fuera de mí. Siempre había pensado que el surf era un deporte para hombres, pero ella me demostró lo contrario. Recuerdo que alguna vez habló del equilibrio espiritual y el físico, afirmó que las mujeres también podían tener ambos.
Durante todo el almuerzo, no dejé de contemplar las acrobacias de Angélica. ¡Era sencillamente espectacular! Esta vez sí me ganará, pensé. Ella desequilibra mi espíritu, y ese parece ser mi único talento.
Escondida en mi interior estaba la decisión de no competir, y cada segundo en que contemplaba a Angélica, crecía en mí ese sentimiento que reforzaba la idea. Ya había pensado en una excusa; diría que me había lesionado, y así no habría más que lamentaciones por parte de mis amigos.
–Espero encontrar a Angélica –les dije a todos–. Es la rival más fuerte que tengo aquí en Témbur –ese comentario fue solo para aparentar y así no ganar sospechas de mi falsa lesión–. Pretendo descansar una semana y luego comenzar a practicar –continué–, así tendré fuerzas para ganar la competencia.
–Todo sea para mejor –dijo Pablo, empinando su infaltable vaso con agua.
–¡Oh! Sí, todo es para mejor –dijo Elías, observando al grupo de chicas que entraba en el restorán.
–¡Ok, galán! ¡Salud por ellas! –replicó Coni, golpeándole el vaso a Elías con la intención de derramar su bebida.
Luego, todos reímos.
