El Ass Censo
Pablo no sabía si invitar a Jony, ese que lo apañaba a todas las pichangas de los alrededores, lloviera o tronara, estuviese completo el equipo o cojeara. Para ambos, siempre existía la posibilidad de que alguien los parchase, aunque fuere del equipo contrario. A los demás cabros nica los convidaba; los compañeros de universidad se emborrachaban tanto como ellos, pero jamás terminarían hablando de pensiones alimenticias impagas.
Para la enorme familia haría una junta aparte. Eso lo sentenció rápidamente, sin darle mucha vuelta, pues evitaba reconocer que le parecía mala idea reunir a los de su propia madera con los de naturaleza más fina. Por eso, para cerrar el tema de los contertulios, resolvió convenientemente que el Jony vendría con la parentela; cómo no, si son como hermanos. Por otro lado, la jarana con ellos debía ir sí o sí, porque el tío Lucho nunca le perdonaría si festejaba y no lo hiciera partícipe.
Para la fiesta principal con las amistades de la facultad, imaginó diferentes picadillos, pero en esencia lo que no podía faltar eran el cóctel de distintos quesos y, sobre todo, la degustación de vinos.
Entonces, animado a comprar por internet para conseguir todo a tiempo, recordó que su tarjeta estaba sobregirada. Comenzó a divagar si le pedía a la Sole, su pareja, que le prestara la suya. En seguida pensó que, al hacerlo, tendría que reconocer que aún no cancelaba la cuota del dividendo de la parcela, estaba seguro de que ella no aceptaría lo del elegante cocaví si poseían pendientes.
Compungido y lleno de resignación, decidió renunciar a lo planificado para los estimados amigos de cátedra. «Para el otro año será», se consoló, con la misma frase de la añada anterior. «¿Y con la familia?... ¡Chuta, tendrá que ser con la Sole y las niñitas no más!», se resignó.
Dos semanas después, fue a visitar a su mamá. No pensó que encontraría a todos los parientes reunidos. La tía Carmen había preparado una torta de esas con manjar y mermelada de durazno que le encantaban cuando niño. El tío Lucho, con guitarra en mano, inventaba letras para avergonzar a quien se pusiere por delante.
Su progenitora colorada por las mistelas lo saludó entusiasmada con un fuerte abrazo y le deseó haber tenido una feliz vuelta al sol. Él le devolvió el saludo y le entregó un modesto regalo de cumpleaños, pues la festejada era ella.
En eso, el que se las daba de músico empezó a interrogarlo:
—¿Por qué a naiden le llegó invitación pa tu cumple?
Pablo contestó que no quería nada muy grande, así que había hecho una simple once con la Sole y las niñitas.
—¡Tan humilde que me salió! —saltó la matriarca a salvarlo de su consanguíneo, a quien ya le salían las letrillas de los labios para molestarlo al son de su instrumento. La madre, orgullosa, continuó—: El único profesional del clan. Yo siempre supe que mi chiquillo, con estudios y esfuerzo, iba a salir adelante. ¡Esto es surgir en la vida! ¡De la escuela 12 a subgerente de producción de la cadena farmacéutica más grande de Chile!
Esas palabras derruyeron al hijo ejemplar; livianamente describían la realidad del directivo. Todo el embrollo de su aniversario le había hecho comprender que la pobreza anidaba escondida entre sus deudas y que el ascenso social era solo un cuento del que los bancos sacaban provecho. Pero para qué replicarle esas ideas a quien lo crio si a ella le causaban tanta felicidad y satisfacción.
Así, guardando sus reflexiones en lo más recóndito de su inconsciente, junto al secreto de su cumpleaños frustrado, respiró profundo, infló el pecho y sonrió como si nada le afligiere.
Por Estefanía Hernández
