El Robo
Despampanante, asequible y dispuesta, asomaba una gastada Montblanc en el bolsillo trasero de un hombre bien vestido. Clavado en el celular, caminaba idiotizado sin poder atender ningún otro asunto. Mientras que Gonzalo, atraído por la cartera del rubiecito, lo seguía divagante a un par de metros.
Si lo hacía, a su señora no le iba a gustar la forma de conseguir el dinero.
—¡Somos personas humildes, no ladrones! —le dijo en aquella ocasión cuando hizo algo similar.
Él no era de la clase de individuo que anda quitándole las pertenencias a la gente, sin embargo, se veía tentado producto de su deplorable condición.
Llevaba aproximadamente un año en busca de pega y nada, casi se había acostumbrado a ser cesante. En el país existían muchos como él; cinco meses de revuelta social, seguidos de otros siete de pandemia, fueron suficientes para trasquilar a un montón. En el presente, estaba obligado a aceptar todos los pololitos que le salieran y ciertamente concluirlos. Atrás quedaron los tiempos de escrúpulos y haraganería.
Esa mañana partió temprano a dejar currículos; actividad que ya parecía santo ritual. De regreso, se topó con el despistado que, al parecer, no sentía aprecio alguno hacia su refinado monedero; este pedía a gritos que lo rescataran de tan pequeña cavidad. Aún dudoso, se arrimó todavía más al joven, con el corazón exaltado y su cuerpo tembloroso, estiró el brazo y, carente de toda sutileza, la tomó.
Al mismo tiempo una chica gritaba desde lejos:
—¡Te están robando!
El muchacho advirtió que alguien sobrepasaba la proxémica habitual y, al darse vuelta, pilló a Gonzalo congelado con el objeto de delito en mano. Durante un segundo, se observaron fijamente. El carterista principiante, avergonzado, sintió ganas de excusarse, pero al no concebir palabras para ello, volteó y salió corriendo. Percibió en su espalda un agarrón que intentaba detenerlo, mas no fue posible.
Se escotó paso entre la multitud hasta llegar a una esquina donde yacía una micro detenida a puertas abiertas y, como si lo estuviera esperando, al subir se puso en marcha.
Estaba agitado, apenas respiraba; no podía creer lo cometido. Abrió la billetera con el propósito de hallar la bip y ahí estaban nuevamente esos ojos verdes observándolo. Sobresaltado, comprendió que esa no era la suya. Luego buscó en la correcta y, al encontrar su tarjeta, pagó complicado a causa de ambos bultos en las manos. En tanto, el chofer lo miraba serio como si supiera lo sucedido.
Luego de treinta minutos de viaje sin rumbo, por fin comenzó a sentir que ya no lo habían pillado. Entonces bajó y buscó la manera de regresar a su hogar.
En la intimidad de su baño tuvo el valor de revisar el botín. Su semblante se transformó. Enfurecido, comenzó a examinar una y otra vez cada recoveco. Murmuraba palabrotas para sí. ¿Así de mal lo trataba la vida? Tarjetas varias, un billete extranjero doblado a modo de cábala y un cartón de lotería. ¡No había conseguido ni un solo peso! «Quizá me lo merezco», concluyó.
En compensación, cambió sus cosas a la nueva y deteriorada ganga. Dejó sobre la mesa el boleto de azar y salió de casa para deshacerse de los plásticos que lo delataban.
Solo le queda esperar ser el ganador para lograr obtener algún beneficio de su robo. Remota posibilidad.
Por Estefanía Hernández
