Cesta
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Mi amigo imaginario, conforme pasó el tiempo, se volvió cada vez más extraño. No quería asomarse ni al patio. Escondió los juguetes en una caja y cambió los carteles de dibujos animados por pósteres de rebuscadas bandas y de una que otra osada mujer.
Ya no era de mi agrado estar ahí. Por eso me fui.
Dicen que él ya es todo un hombre y que incluso su habitación luce más sobria. Pero eso no basta para regresar.
Quizás, algún día, en un instante senil, dominado por una pizca de melancolía y anhelo de juventud, valore nuestras alegrías pasadas. Posiblemente entonces tenga deseos de salir del confín del olvido que nos consume.
Por Estefanía Hernández
